LA RAZÓN, jueves 7 de diciembre de 2000


      San Pinocho de Jaén

      Joaquín NAVARRO

      San Pinocho de Jaén cultiva la picaresca para distraer al personal. Sus cabriolas fabulatorias, su pasión por la falsía, su amor por la mentira, su avidez de pasarela, su vocación de chismorrero felón y su imparable obsesión de contar a los cuatro vientos, pregonero de sí mismo, lo que conoce por mor de su oficio, dando tres cuartos a la insania mediática y voceando lo que debía ser reservado y protegido por respeto a su función, sitúan a san Pinocho en la cúspide de la mentira perniciosa, la que se dice siempre con el ánimo de perjudicar. Decía Shakespeare, cisne de Avon, sustraído hasta ahora del frente cultural de Eta -aunque todo pueda andarse en el mundo de la superchería garzonita- que «la vida es un cuento absurdo, contado por un idiota sin gracia, lleno de ruidos y furia». San Pinocho ha convertido su vida en una patraña sin bridas y sin estribos, en una corcova deprimida por bulos, bolas, trolas, embelecos y fraudes. Su ruido y su furia ascienden por esa depresión porfiando por llegar al poder y a la gloria. Pero sólo llegan a la miseria volandera, a la helada y laboriosa nadería de los que mienten más que hablan, de los que convierten su existencia en un río arterial donde la trípala, la farsa y la paparrucha se alimentan fastuosamente. Dice Neruda: «Antes de la peluca y la casaca/ fueron los ríos, ríos arteriales,/ fueron las cordilleras, en cuya onda raída/ el cóndor y la nieve parecían inmóviles». Con san Pinocho no ocurre así. La peluca y la casaca de lacayo distinguido, de mayordomo de grupa gualdapreada, presto siempre a la genuflexión ante el que manda, de rodillas para chuparla -mientras la autoridad se mantenga erecta- o para morderla -si el poder es perdido o entra en desgracia- viven y permanecen antes y por encima de cordilleras, ríos arteriales, cóndores y nieves.

      Cronista de sí mismo, fautor de su hagiografía, exhibidor de linchamientos y martirologios, divulgador de datos y noticias conocidos en el ejercicio de su cargo, san Pinocho permanece en su covachuela acechando la gloria. Tiene el alma asotanada y la coprofilia le traiciona el pico de la lengua. Injuria, difama, brinca y trisca sobre el honor y la dignidad de tirios y troyanos; se cisca en el crédito y el buen nombre de romanos y cartagineses; saca a relucir notículas de amor intervenidas por sus carceleros en nombre de la justicia y pregonadas por san Pinocho en nombre de la iniquidad y en procura de soporte para sus penúltimas prevaricaciones; exhíbe su malicia más torcaz mientras hace abdominales y masculla eternos cuentos fecales entre resoplidos peloteros dignos del más lustroso de los coleópteros; comunica su odio verdiamarillo -color de esputo- por personas a las que, sin embargo de ese cainismo, osa inquirir oficialmente proponiendo medidas y procesos contra ellas; reproduce fide-indignamente conversaciones burladas y mentidas para avisar silencio y amenazar miedo. Y se pasa la vida vomitando, como queriendo arrojar violentamente de sí la negra conciencia que lo persigue. Son vómitos verdioscuros que provocan a vómito y hacen de la hematemesis una eterna sangría de búfalo atiborrado «in ipsa turpitudine». El sedicente libro urbanita no tiene pérdida. Está perdido por los senderos de Marte, donde vomitan muerte los borrachos. Menos mal que su parto y emergencia coinciden con una nueva excelente: un buen juez regresa a su oficio, tan necesitado como huérfano de personas honestas, lúcidas, valientes y justas. Por una vez, el poder indulta a un inocente. Su indulto es una requisitoria contra sus verdugos, un lujo para la carrera judicial y una bienaventuranza para sus amigos. San Pinocho de Jaén está de luto. ¡Qué pena tan lastimosa! No le sirven de consuelo las palabras de Séneca: «El buen piloto, aun con la vela rota y desarmado, repara las reliquias de su nave para seguir su ruta». Es un mal piloto y su nave sólo sirve para la rutina del esperpento.

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